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| ¿Chansey Gardiner? |
El mundo, como se escucha frecuentemente, no es el que te pintan en televisión; lo aprendemos durante nuestra vida chocando el ideal de sillón con la experiencia en la calle, la cual está muy lejos de darle la razón al estereotipo mostrado. Aun así, el medio visual se ha vuelto el principal educador de los niños, planteando pautas para el cómo enfrentarse a esa “realidad”. En Being There “ficcionalizan” este hecho con la historia de Chance, un hombre-niño que ha crecido en el mundo que le ilustra la pantalla y una filosofía de jardín que domina con “autoridad”. El personaje, recluso durante la mayoría de su vida es forzado a ser “libre” y cae en las manos de la calle que no ha vivido y que no le conoce a él.
El hombre llamado “oportunidad”, es arrastrado por su curiosidad infantil y los malos entendidos de connotar más de lo que se dice, a través de una línea de eventos que hacen de él un famoso en Washington; Su pensamiento de jardinero se trastoca en metáfora de lo que quiera entender quien le escucha y de repente todos le respetan. ¿Le importa a Chance? ¿Le sirve de algo? No. El niño que es se interesa en la “maravilla” audiovisual con la que se crió, quedándose en el “modo de vida” planteada por esta; le basta con encontrar el canal adecuado para cada situación, o la manera de entenderla desde la “jardinería”.
La sociedad también reacciona a esta persona de la que no sabe que esperar. ¿Quién carajos es y por qué no se conoce nada de él? ¿Salió de un árbol? ¿Es un espía de otra nación? Las respuestas son escasas y sobrentender la información complica las cosas. Aun así, esto no preocupa a muchos ¡El tipo promete! El personaje que es para el público un ignorante del mundo, en su contexto es visto como el sabio de las montañas que todo lo puede, todo lo sabe y con solo mencionar las estaciones, es capaz de cambiar el discurso del presidente.
La ironía de las conversaciones, la ingenuidad del personaje, la realidad que se presenta y se adapta al “andar” del protagonista, le roba al público, sin abusar de ello, unas buenas carcajadas. Se le suma la habilidad del personaje de “emocionar” sin mostrar emociones: Es seco, directo, sincero y eso “toca” a todos a su alrededor que lo sienten como un niño sin saberlo. Es una posibilidad para la que la sociedad no está preparada y Chance, ignorando que debe encajar, adaptarse, decide seguir igual y dejar que sea esta la que “encaje” con él.
La película es divertida hasta el final. El hombre-niño entiende el mundo, pero no lo ha vivido; sabe qué es, pero no sabe cómo es. En la última escena nos encontramos con una muestra del mundo adaptándose a Chance: guía sus pasos por un bosque hasta un lago; él sabe que las cosas se hunden, pero ¿Cuándo? ¿Cómo? Da unos pasos y no se hunde. Tantea con su paraguas la profundidad y continúa caminando. El mundo está a sus pies y a Chance, nuestro infantil protagonista, no le importa.
